La nueva crisis geopolítica en Oriente Medio ha reactivado los temores a un repunte de la inflación global, apenas unos años después de la sacudida económica provocada por la guerra en Ucrania. El aumento de la tensión tras los ataques de Estados Unidos e Israel a Irán ha generado un clima de incertidumbre que ya empieza a trasladarse a los mercados energéticos y financieros.
Uno de los primeros impactos se ha visto en el precio del petróleo, que ha superado los 100 dólares por barril tras varios días de subidas consecutivas. El encarecimiento del crudo y del gas se traduce rápidamente en combustibles más caros y en un aumento del coste de la electricidad, con efectos directos sobre el transporte, la producción industrial y la cesta de la compra.
Los expertos advierten de que la inflación podría extenderse también a los alimentos y a los costes logísticos. El incremento del precio de los fertilizantes, del gasóleo agrícola y de los seguros marítimos amenaza con elevar los costes de producción y de importación, lo que terminaría reflejándose en los precios finales que pagan los consumidores.
Desde el FMI insisten en que el principal factor será la duración del conflicto y su impacto sobre las rutas energéticas estratégicas. Aunque algunos economistas descartan por ahora un escenario tan extremo como el vivido en 2022, coinciden en que cuanto más se prolongue la guerra, mayor será el riesgo de una nueva sacudida inflacionaria en la economía mundial.



