En la madrugada del sábado, bombarderos estadounidenses B‑2 lanzaron proyectiles antibúnker GBU‑57A contra las instalaciones nucleares de Fordó, Natanz e Isfahán, marcando la primera intervención directa de EE. UU. en el conflicto entre Israel e Irán. Trump explicó que el objetivo principal de la acción es “destruir la capacidad de enriquecimiento nuclear de Irán y poner fin a la amenaza nuclear”.
Cuatro años después de la retirada de tropas de Irak, el Gobierno estadounidense recurre a un argumento similar al de 2003: emplear fuerza militar para neutralizar lo que perciben como armas de destrucción masiva. Sin embargo, se ha subrayado que esta misión “no es sobre un cambio de régimen” en Irán, salvo por el secretario de Defensa, Pete Hegseth, y el secretario de Estado, Marco Rubio, quienes recalcaron que únicamente se persigue frenar el programa nuclear.
En su comparecencia, Trump aseguró que, si Irán continúa su programa nuclear, Estados Unidos emprenderá acciones adicionales “con precisión, rapidez y destreza”. Por su parte, Hegseth confirmó que la operación tuvo “meses” de planificación. El vicepresidente J.D. Vance definió el ataque como una guerra contra el programa nuclear, no contra Irán como Estado.
El operativo desplegó más de 125 aeronaves, incluidos bombarderos B‑2 con vuelos de 18 horas, aviones cisterna, submarinos cargados de misiles, y sistemas de inteligencia y vigilancia. Irán amenazó con una “respuesta legítima en defensa propia” y advirtió que el ataque podría derivar en una guerra regional abierta. Rusia lo calificó de “agresión no provocada”.
Mientras tanto, las autoridades anunciaron que se seguía un mecanismo de advertencia, no de guerra. El cierre del estrecho de Ormuz está siendo considerado por Teherán, lo que provocaría impactos significativos en el comercio internacional de petróleo.



